viernes, 2 de septiembre de 2011

“Madres crueles de hijos víctimas”




“Después de todo, ¿quién tiene autoridad para decirle a una madre lo que debe hacer?”


“La posibilidad de que los adultos del mundo real (por ejemplo, las madres) puedan no corresponderse con los esquemas dominantes en nuestra cultura, es una contrariedad que la mayor parte de la gente no toma demasiado en cuenta, porque le resulta perturbadora. Las madres deberían ser siempre afectuosas, protectoras, sacrificadas. Si alguna de ellas se aparta del modelo inflexible y monótono, si por ejemplo son egoístas o descuidadas, simplemente no se toma en cuenta la evidencia. Las madres traen al mundo a sus hijos y los aman tanto, que no haría falta que nadie les reclame que subordinen sus intereses a los de la prole, que por el solo hecho de nacer contrae una deuda imposible de saldar.

Una madre que por cualquier motivo no anteponga el bienestar de los hijos al suyo, que los abandone o anteponga su interés personal, pasa a convertirse en una de las figuras más siniestras que puedan darse, precisamente porque la gente no sospecha que alguien así exista, de manera tal que las noticias de prensa que actualizan un tema que no es nuevo, pero suele ser silenciado por los textos de Historia, sorprenden repetidamente, como si nunca antes se hubiera conocido el dato.
Si la figura de una madre cruel causa espanto, es porque ella tiene a su disposición a las víctimas indefensas y puede hacer con ellas lo que se le ocurra, sin que el resto del mundo se entere o sin que se atreva a intervenir para impedirlo, cuando lo sospecha. Después de todo, ¿quién tiene autoridad para decirle a una madre lo que debe hacer?

Cuando un historiador de la sociedad comprueba la existencia del infanticidio generalizado, lo declara “admirable y humano” [Charles Seitman: Women in Antiquity]. Cuando otro [historiador] habla de las madres que pegaban sistemáticamente a sus hijos cuando aún estaban en la cuna, comenta, sin prueba alguna, que “si su disciplina era dura, también era regular y justa y estaba informada por la bondad” [Daniel Millar y Guy Swanson: The Changing American Parent].

Cuando un tercero tropieza con madres que metían a sus hijos en agua helada cada mañana “para fortalecerlos”, práctica que ocasionaba a veces la muerte de los niños, dice que “su crueldad no era intencional”, sino que simplemente “habían leído a Rousseau y a Locke” [Bayne Powell: English Child]. (Lloyd DeMause: La Evolución de la Infancia)

La excusa de educar a los niños con la mayor severidad posible, sirve para que las madres crueles den satisfacción a sus deseos más oscuros. No estarían resarciéndose de ofensas anteriores, que sufrieron de parte de otras personas, sino que intentarían afianzar los buenos hábitos de sus hijos rebeldes, tales como la obediencia irrestricta a los mayores y la resistencia al dolor.

Medea es la figura de la dramaturgia antigua que cumple ese rol terrorífico. Hechicera que es seducida por un extranjero, Jasón, ella comienza traicionando a su pueblo, con tal de beneficiar al hombre que ama. Se convierte en una exiliada, que en la tierra de su marido no disfruta de los honores a los que estaba acostumbrada en su patria. Pare dos hijos que hubieran debido afianzar la relación de la pareja, y solo entonces se entera de que no tardará en perder al hombre, porque él ha planeado casarse con la hija del rey de Tebas y relegarla al rol de concubina. A partir de ese momento, Medea se convierte en una furia capaz de incinerar a Glauca, la futura esposa, conducir a la muerte al rey Creonte, matar a sus hijos y alejarse del país que sumió en el luto, montada en un carro arrastrado por dragones. No es que adquiera esas características por el amor despechado; ella siempre fue así, Jasón hubiera debido tomar precauciones para evitar que desatara sus poderes infernales.

No hay nada protector en ciertas madres. Los cartagineses pasaron a la Historia como un pueblo cruel, devoto de Moloch, un dios de fuego al que las madres, obligadas por la tradición, sacrificaban sus niños. Aunque los romanos no fueran tan humanitarios, como demuestra el hecho de que abandonaran en lugares inhóspitos a los bastardos, los deformes y enfermos, describen a los cartagineses como insensibles a cualquier atisbo de amor filial.

Con pleno conocimiento e intención, ofrecían a sus propios hijos y los que no los tenían, se los compraban a los pobres y los degollaban como si fueran otras tantas ovejas o aves; mientras tanto, la madre asistía a la escena sin una lágrima, ni un gemido. Pero si dejaba escapar un solo gemido o derramaba una sola lágrima, perdía la suma de dinero convenida y su hijo era sacrificado de todos modos. (Plutarco: Moralia)

Las historias de madres espartanas entregadas por completo al rol de servidoras de un Estado militarizado, causan hoy el mismo espanto. Los recién nacidos que un grupo de ancianos tomaba en cuenta, podían ser condenados a muerte su presentaban algún defecto. La lactancia no servía para crear lazos duraderos entre el hijo y la madre, porque una serie de nodrizas de la comunidad se encargaban de la tarea. La anécdota de la madre que no toma en cuenta la muerte de su hijo en batalla, pero se preocupa de la suerte que ha corrido la guerra, describe una mentalidad que cuesta aceptar. ¿Cómo puede una mujer demostrar tal indiferencia respecto de los hijos que trajo al mundo? El nexo emocional, que se supone biológico, porque aparece en muchas especies animales, no tiene la misma validez en todas las culturas.

La modernidad, que proclama prestar gran atención al bienestar de los niños y lo ha demostrado, por ejemplo, en la proliferación de profesionales e instituciones dedicados a cuidar su salud y educación. Hay una enorme variedad de especialistas y los padres no dudan en acudir a ellos cada vez que advierten alguna dificultad. No faltan los padres (sobre todo, las madres) que pasean a sus hijos por las consultas médicas, para que los atiendan a ellos y de paso presten atención a los progenitores.
A veces, los adultos no dudan en agredir a sus hijos de varias formas, para que luego los profesionales de la salud se vean obligados a curarlos. En muchos casos, los niños se convierten en cómplices de los adultos, por temor a las represalias que les traería cualquier contradicción. Problemas como el asma o las alergias alimenticias son construidos de ese modo.

Algunos padres exageran las dolencias de sus hijos o son los causantes directos de aquello por lo que acuden a la consulta médica (Síndrome de Munchaussen). Madres que no se apartan de sus hijos enfermos, son quienes inducen vómitos y diarreas, quienes falsifican sin escrúpulo las muestras que son entregadas a los médicos, con el objeto de obligar a los profesionales a que los sometan a tratamientos innecesarios y los retengan el mayor tiempo posible en los centros de salud. En muchas ocasiones, esta invención de la dolencia del hijo, que el menor se ve obligado a secundar, intenta salvar matrimonios que se encuentra en deterioro o tratan de convertir al adulto acompañante en el centro de atención del personal de la salud.

En 1962, el médico Henry Kempe definió el Síndrome del niño apaleado, que se aplica a las lesiones físicas provocadas por los padres y cuidadores de menores de edad. A esto se suman los síndromes de niños zarandeados, el maltrato emocional y otros abusos, incluidos los sexuales. Nada de esto puede ser nuevo, pero en la actualidad se ha desmitificado la imagen de unos padres que se desvelan por sus hijos, y unos niños frágiles e imprudentes, a quienes los adultos no logran preservar de la mala suerte o la imprudencia.

La engañosa imagen de la infancia como una etapa feliz de los seres humanos, plena de juegos y aprendizajes, libre de conflictos, en la que nada malo puede pasar, porque los parientes y maestros andan siempre cerca, se desvanece para dar lugar a otra probablemente más sombría y ajustada a la realidad. No se trata solo de un efecto perverso de la modernidad. En las sociedades llamadas primitivas se han observado conductas no menos perturbadoras de indiferencia y hostilidad hacia los niños, por aquello que tal no deseaban traerlos al mundo.

La actitud de las madres apaches respecto de sus hijos es asombrosamente inconsecuente. Suelen ser muy cariñosas y atentas en las relaciones físicas con sus hijos pequeños. Hay mucho contacto corporal. La hora de la alimentación viene determinada generalmente por el llanto del niño (…). Al mismo tiempo, las madres tienen muy poco sentido de la responsabilidad (…). Hay muchas madres que abandonan o ceden a sus hijos (…). A esta práctica los apaches le dan acertadamente el nombre de “echar al niño”. No solo se sienten muy poco culpables de este comportamiento, sino que a veces están francamente encantadas de haber podido liberarse de la carga. (L. Bryce Boyer: Psychological Problems of a Group of Apaches)”


Fuente:
http://garaycochea.wordpress.com/2011/05/31/madres-crueles-de-hijos-victimas/



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