viernes, 2 de septiembre de 2011

"CASTIGOS ESCOLARES: APRENDIZAJE DE LA CRUELDAD"







“En 1830, Samuel Arnold, un padre norteamericano preocupado porque su hijo de cuatro años se resistía a aprender a leer, anotó para que no se le olvidara, aquello que de acuerdo a su buen criterio, se había visto obligado a hacer con el rebelde, tras encerrarlo desnudo en el sótano.

Acongojado y con el corazón en un puño, empecé a darle azotes… Durante esa tarea sumamente desagradable, sacrificada y enojosa, hice frecuentes interrupciones, (…) tratando de persuadir, (…) respondiendo a objeciones. Sentía toda la fuerza de la autoridad divina (…) como no he sentido en ninguna circunstancia de mi vida. Pero bajo la poderosa influencia del grado de airada pasión y obstinación que mi hijo había manifestado, no es extraño que él pensara que “Habría de ganarme la partida”, débil y trémulo como yo estaba, y sabiendo él que pegarle me hacía sufrir. (Samuel Arnold: An Astonishing Affair!)

Ya se sabe que los espartanos trataban sin miramientos a los niños, puesto que los hacían pasar hambre y frío, los azotaban por cualquier falta, en la certeza de convertirlos en soldados agresivos y al mismo tiempo obedientes a sus mandos (aquellos que sobrevivían). También los mexicas alimentaban mal a sus estudiantes y les permitían dormir poco, para que más tarde toleraran las dificultades de una campaña militar. En la Biblia, el tema del castigo corporal es aceptado (se ofrece como una herramienta que permite mejorar a los jóvenes) y al mismo tiempo es sometido a límites (porque los adultos suelen excederse en la administración de correctivos, como si hubieran estado esperando la oportunidad que les brinda el comportamiento desordenado de los niños para dar rienda suelta a un enojo que tiene otras causas).

Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se apresure tu alma para destruirlo. (Proverbios, 22:6)


La posibilidad de castigar a los jóvenes para obligarlos a aprender a comportarse tal como sus instructores de más edad estiman que es lo correcto, nunca estuvo del todo fuera de la mente de los educadores de todas las épocas. La letra, de acuerdo a la frase que se atribuye a Apeles, con sangre entra. Los españoles agregaron: “Y la labor con dolor”, dando a entender que tampoco debía esperarse ningún trabajo placentero.

Roger Ascham (autor de The Scholemaster) en el siglo XVI y John Locke en el XVII (en el ensayo Algunos pensamientos sobre la educación), protestaron por la práctica del castigo físico a los escolares. La Revolución Francesa, que pretendía instaurar un nuevo orden, continuó recurriendo a los castigos que venían del Medioevo.

Francisco de Goya pintó la escena de una escuela elemental, hacia fines del siglo XVII, donde un maestro maduro azota las nalgas descubiertas de un estudiante de poca edad, el tercero deñ grupo que ha sufrido esa humillación durante la misma jornada. Según la opinión dominante en ese entonces, el adulto no debería ser considerado un pervertido, que halla satisfacción de carácter sexual cuando hace sufrir a los menores que le han sido confiados. En lugar de eso, habría que verlo como un profesional que cumple con la mayor escrupulosidad su deber.


En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido ese tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad, donde vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo que, aquellas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío. (Charles Dickens: Oliver Twist)


El género de los estudiantes influye a veces en la reprimenda que sufren. Los varones suelen sufrir penas mayores que las niñas. Los australianos prohibieron en 1934 que se castigara a las niñas, pero se continuó reprimiendo de ese modo a los niños hasta 1995 en las escuelas públicas, mientras continúa practicándose en las privadas. Poco menos de la mitad de los estados norteamericanos permiten que se castigue de algún modo a los estudiantes.


¿Por qué castigar a los niños? Para domar sus iniciativas propias, como se acostumbra con los animales domésticos, aunque muchos de ellos aprenden más de un trato amable que del dolor. Durante siglos, padres y maestros se han pusieron de acuerdo en desatender cualquier queja de los estudiantes que se resistieran al maltrato. Un aprendizaje que no incluyera sufrimiento (incluyendo el tedio), no era serio, ni resultaba demasiado confiable, ni se aceptaba que fijara los conocimientos.
Si en la actualidad se supone que los jóvenes generan agresividad, resistencia y temores ante todo aquello que se relaciona con el dolor que se les infiere, en la educación tradicional se daba la espalda al hecho de que el primer aprendizaje suministrado por los métodos violentos suele ser el de la crueldad.


A los jóvenes solo se le dará de penitencia que hinquen de rodillas y por ningún motivo se los expondrá a la vergüenza pública, poniéndolos en cuatro pies o de otro modo impropio. (…) Por delitos graves, se les podrán dar seis azotes, de que no deberá pasarse, y solo por un hecho que pruebe mucha malicia (…) se les dará hasta doce, haciendo siempre el castigo separado de la vista de los demás jóvenes. (Gaceta Ministerial [de Chile]: 6/3/1819)

Aunque la pedagogía fuera monótona y previsible, había formas variadísimas de castigar a los estudiantes. Se los golpeaba, por ejemplo, con la palmeta, una vara de madera con la que se daba en las manos de los niños, extendidas para recibir la reprimenda. O con una férula, un instrumento medieval, parecido a una gran cuchara de madera, con agujeros que dañaban la piel que se incrustaba en ellos durante el castigo.

De acuerdo a la gravedad de la falta, se golpeaba la palma o el dorso de las manos o las yemas de los dedos. Cuando no se disponía de una palmeta, cualquier regla de madera o cinturón de cuero cumplían la misma función. Los latigazos eran tan frecuentes en las escuelas inglesas de mayor renombre, y causaban efectos tan ajenos al aprendizaje, que una perversión sexual de los adultos, que disfrutan al ser castigados o humillados, suele denominarse “vicio inglés”.

También se repartían cachetadas en la cabeza, como si fuera posible remover de ese modo cualquier resistencia mental a la asimilación de conocimientos. La eficacia de las humillaciones y la crueldad mental no eran desconocidas por los docentes. Un niño que no acertaba las respuestas, podía ser mandado a permanecer de pie en el rincón de los burros, donde se lo exponía a la burla de sus compañeros, dando la espalda a la clase y a veces ataviado con un bonete denigratorio, como el que aparece en Pinocho de Carlo Collodi.

Aquellos niños que utilizaban vocabulario impropio, eran sometidos a lavados de la boca con jabón. Los tirones de pelo y pellizcos de orejas tenían la ventaja de no dejar huellas acusatorias. Finalmente, si un estudiante se quejaba a sus padres y ellos se atrevían a protestar, al maestro le quedaba el recurso de negar cualquier abuso (incluyendo los sexuales) como el producto de una imaginación enferma del joven.

De los castigos recibidos por los escolares, no cuesta mucho pasar a los castigos efectuados por los escolares que aprendieron la lección de familiares y maestros. La prensa recoge en la actualidad noticias de niños que enfrentan a docentes con armas blancas o (lo más frecuente) que se vuelven contra sus mismos compañeros en las escuelas, para humillarlos y golpearlos de la peor manera, también para registrar sus desmanes con las cámaras de video incluidas en sus teléfonos celulares y subir la escena a Internet”.


Fuente:
http://garaycochea.wordpress.com/2010/09/21/castigos-escolares-aprendizaje-de-la-crueldad/










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